Las comas de Saramago
Recuerdo ver Ensayo sobre la ceguera en las baldas de la estantería de la sala. “¿Está bien?”, le preguntaba a mi padre, y el me decía que sí, que podía resultarme difícil, o farragoso, pero que lo tenía que leer más adelante. Yo miraba la portada azul y gris, y las blancas palabras “ensayo” y “ceguera”, y no acababa de entender lo que habría entre sus páginas.
Un día, por fin, decidí intentarlo. Los días del calendario corrían ciegos e indiferentes aquel verano, así que me zambullí en aquel espacio blanco de frases repletas de comas. Pronto me di cuenta de que la puntuación de Saramago desafiaba la lógica común, como también su forma de mirar el mundo. ¿A quién, si no a él, se le ocurriría desvelar la naturaleza del género humano a través de una ceguera imposible? ¿Quién continuaría la historia hasta el extremo de extender esa invidente blancura a todos nosotros y destapar toda la crudeza de la que somos capaces?
Cerré el libro demasiado joven, incapaz de entenderlo todo, pero con las ganas de seguir los pasos de un “hombre duplicado” o presenciar confundida “las intermitencias de la muerte”. Saramago supo excavar en la conciencia humana, sus puntos y comas a modo de picos y palas que van sacando nuestra esencia de barro y escombros, aquella que tratamos de guardar tras una piel sin mácula. Y de esta forma, nos alertó, nos hizo lúcidos. El mundo somos nosotros. El mal y el bien no están fuera, sino dentro de cada uno, si no estamos ciegos para verlo.
Saramago se ha ido con su enamorada, una muerte violeta que seguro lo abrazó y lo llevó triste consigo, porque con él se va algo importante. Una persona digna, firme en sus convicciones, capaz de vernos y de plasmarnos, de reproducir el mundo mejor de lo que los ojos permiten.



Genial. Maravilloso. A la noche subiré mi entrada sobre Ensayo sobre la ceguera, que lo leí gracias a Errapel y que aunque no entendí al principio, acabé por quererlo. Y, como tú, también lo leí en verano, entre playa y playa, con la arena en los pies y en los brazos, y también creía que el sol me dejaría ciega, como a los personajes el mundo actual. Gracias por este artículo de homenaje. Gracias.
Qué homenaje tan hermoso.
Me ha gustado muchísimo esta entrada de Iraide.
Y, si se me permite, sobre todo una frase:
Cerré el libro demasiado joven.
¡Un abrazo!
¡Gracias tardías, chicas! Justo hoy he tenido entre las manos “Las intermitencias de la muerte” para releerlo algún día. ¡No queda nada para que salga el nº 5!
Un abrazo,
Iraide
Excelente, Iraide. Breve, conciso y rezumante, como una naranja rebosante, fresca y recién cortada. No falta ni sobra nada. Se adivina que Saramago estaría complacido.
¡Muchas gracias Robert!
Un abrazo,
Iraide