Ensayo sobre la sencillez y la lucidez

Leí “Ensayo sobre la ceguera” cuando tenía diecisiete años y estaba en 1º de bachiller. Lo tuve que leer para mi clase de derecho y recuerdo que al principio, y debido al estilo de puntuación de su novela, me resultó tedioso y pesado. Como la primera vez que leí a Kafka (de hecho, creo que Saramago se parecía bastante a Kafka en muchos sentidos). Después la historia me agarró en sus entrañas y acabé el libro entre la arena y el agua de mar, con una sonrisa de aceptación tras cerrarlo.

La noticia de su muerte el viernes pasado me causó pena y cierto dolor. Alguien, el sábado por la mañana, me dijo: “Se ha muerto Saramago. Qué solos nos estamos quedando”. Lo secundo. La literatura se está quedando huérfana: Delibes, Benedetti, ahora Saramago, quien escribió en “Ensayo sobre la ceguera”: “Si es que el caballo cuando muere no sabe que va a morir”, y es lo que le pasó a este genio de las letras. La mañana del viernes se despertó, desayunó, charló con su mujer, y de repente se desvaneció, se quedó dormido en el sueño terno, sin saber que no se despertaría, sin saber que aquella había sido la última vez que comía o que hablaba con su mujer, a la que adoraba. Se fue de la manera más plácida posible “se dejó ir en el río del sueño”, como él mismo escribiría.

El sábado hubo un ciclo de homenaje en su nombre en TVE. Repusieron entrevistas y documentales. En “Informe semanal”, cuando le preguntan por el Nobel, dice: “Me enteré del premio en el aeropuerto y estaba aturdido, pero lo suficientemente lúcido para decirme: “Tengo el Nobel, sí, y qué””. Y tras la estupefacción y la sorpresa por el comentario, aplaudí en silencio. Qué gran hombre, qué humilde.

Ese mismo sábado compré los periódicos y todos guardaban en su interior palabras de homenaje:

“José Saramago ayer entró en la nada, se disolvió en ella” decía e periodista Braulio García Jaén en el periódico Público.

“Con alma, dejando una huella honda. Así vivió y murió José Saramago”, decía otro.

Luis García Montero decía: “Era un poeta (…). José Saramago era un hombre con pasado, algo muy distinto a un escritor de palabra vieja. Había conocido la pobreza, los rincones marginales de la historia, el sentido de la lucha. En una sociedad dispuesta a sentirse prepotente en sus nuevas riquezas, quiso guardar memoria del pasado”.

Y de esta manera no lo perdía ni se perdía él en un mundo que tanto había aprendido a amar y a criticar. Montero asegura a este respecto: “Saramago se sentía asombrado ante los absurdos de las costumbres llamadas modernas. Por eso utilizaba el absurdo en la literatura, para romper las inercias e invitarnos a mirar la realidad”.

Saramago era la voz de los que no podían hablar, y con sus palabras tranquilizaba a mucha gente. Él, “se limitaba con naturalidad a cumplir con su deber y distinguir el sol y la lluvia, el olivo y el girasol, la decencia o la degradación, la compasión o la crueldad”, asevera Montero.

“Si le pedías que se implicara en una causa reivindicativa lo hacía sin dudarlo un instante”, afirma el juez Garzón, amigo. El periodista de El País, Javier Rodríguez Marcos, dice en su artículo titulado “Un Nobel con campesino dentro”:

“Fue un poeta antes que novelista de éxito y antes que poeta, pobre”. Algo que marcó su obra y su discurso en la ceremonia de premios Nobel:

“El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir”, y se refería a su abuelo, el mismo que prediciendo su muerte fue abrazando todos y cada uno de los árboles de su casa sabedor de que no volvería a verlos. Él, su abuelo, se lo enseñó todo en la vida, y le hizo ser quien era. A partir de entonces, como persona pero sobre todo como escritor, fue la voz del pueblo, de los oprimidos, de los pobres, y una voz lastimera y dolorosa, crítica y juiciosa, para los que ponían trabas a la vida de los demás.

“José Saramago fue la conciencia de la literatura, una voz con consecuencia”, dice Sergio Ramírez, escritor. Él (Saramago) escribió “Ensayo sobre la ceguera”, una novela ácida y crítica para con el mundo actual, pero él estaba tremendamente lúcido.

“La lucidez en el grado que él la poseía es un privilegio de pocos, sé que no consigo escapar del cliché, pero definitivamente hoy el mundo ha quedado todavía más burro y más ciego”, dice el director de cine Fernando Meirelles -quien dirigió “A ciegas”, película basada en la novela “Ensayo sobre la ceguera”.

Sergio Ramírez continúa diciendo: “Un juez de su época, de sus inquietudes e injusticias, pero un juez sensible y amoroso al mismo tiempo, como lo fue con sus palabras, que fueron su pasión”. Saviano, por su parte, le despide así: “Una vez me dijo que las personas más sabias que había conocido eran sus abuelos analfabetos. Echaré de menos esa sencillez”.

Y es que podría escribirse una obra titulada “Ensayo sobre la sencillez” en honor a Saramago. Un hombre luchador y un escritor comprometido. La mezcla perfecta para hacer de una persona alguien inolvidable. Él utilizó la palabra, y el mundo debería utilizar el poder de las mismas para cambiarse a sí mismo.

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